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Negociar después de Copenhague
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El desconcierto causado por la ambigüedad y el limitado alcance del Acuerdo de Copenhague rompió el optimismo que se había ido creando, desde Bali en 2007, sobre la posibilidad de alcanzar a corto plazo un acuerdo vinculante, que incluyera a todas las partes y que estableciera mecanismos a largo plazo, de limitación de las emisiones de gases de efecto invernadero.

A esto debemos sumar las informaciones que surgieron a principios de año sobre la falta de fiabilidad científica de algunas de las afirmaciones del IPCC. No es menos destacable que la previsible dimisión de Yvo de Boer, como cabeza de turco de los desajustes ocurridos durante la COP 15 y el escaso éxito alcanzado, dejaron la sensación de orfandad a muchos de los que con él como cabeza visible hemos trabajado en el cambio climático desde ya hace algunos años.

La suma de todo, unido a la crudeza con la que nos está castigando la crisis económica y cuya búsqueda de soluciones vampiriza cualquier otra acción política, ha sacado de la primera línea de prioridad al cambio climático en este primer semestre de 2010.

Sin embargo el IPCC ya ha establecido un mejor y más estricto control científico en su proceso de creación de informes. Si bien es cierto que los fallos identificados no ponen en duda el conjunto del Cuarto informe, ya que se circunscriben a casos muy puntuales de fallos en la sistematización de la revisión científica, no es menos evidente que el margen de error en un organismo como el IPCC, con la repercusión de sus afirmaciones, debe ser muy próximo a cero. Además ya se ha elegido a Christiana Figueres como la nueva secretaria ejecutiva de la CMNUCC. Esta costarricense, nieta de catalanes, es una clásica de las negociaciones, conocedora de sus entresijos, ya que no en vano lleva quince años en la trastienda de las negociaciones.

Las negociaciones se deben reconstruir. Copenhague ha supuesto un parón en la negociación, pero la urgencia para actuar sigue siendo la misma. Los costes ambientales, sociales y económicos de adaptación serán mucho más elevados que los de mitigación. El uso racional de la energía sigue siendo un factor de competitividad, tanto por ahorro de costes como por la autonomía energética y la garantía de suministro. Una parte de la sociedad sigue demandando de sus empresas y gobiernos un comportamiento ético. Por todos estos motivos, y por otros muchos que podríamos mencionar, la necesidad de alcanzar un acuerdo a largo plazo de estabilización de las emisiones sigue vigente. Copenhague ha sido el final de un ciclo.

De momento se han celebrado dos reuniones de la CMNUCC. Las dos en su sede de Bonn (Alemania). La primera el fin de semana del 9 al 11 de abril, que sirvió para que de una manera informal se hiciera una radiografía de la situación y se empezara a identificar el nuevo punto de partida del proceso. La segunda reunión acaba de tener lugar entre los días del 1 al 11 de junio. Se ha mejorado el ambiente entre los negociadores, se han empezado a reestablecer los puentes de confianza, necesarios en un proceso de estas características, y se ha avanzado en algunos aspectos técnicos como la desforestación evitada o la verificación de las emisiones.

La pregunta recurrente es cuándo podremos tener un acuerdo vinculante a largo plazo y que incorpore a todos los países. En mi opinión enfocarlo de esta manera es un error. La pregunta correcta primero es la que nos lleve a entender por qué no se alcanzó un acuerdo, por qué el proceso iniciado en 2007 en Bali quedó dinamitado. Sólo entendiendo los motivos del fracaso seremos capaces de iniciar un nuevo ciclo de negociaciones con más posibilidades de éxito y a partir de entonces prever para cuándo el mundo será capaz de ponerse de acuerdo en cómo enfocar uno de los grandes retos que le esperan en este siglo XXI.

La próxima gran reunión es en Cancún a finales del 2010. Mis expectativas es que seamos capaces de reconstruir la arquitectura de las negociaciones, que establezcamos un camino a recorrer. Probablemente los países no llegarán a acordar plazos ni objetivos para el acuerdo pero si se pueden tejer bien las bases de hacia dónde ir en los próximos años. Personalmente pienso que Cancún no dará grandes titulares mediáticos, sin embargo es posible que técnicamente se avance más de lo que exteriormente parezca. El acuerdo de Copenhague si por algo creó desencanto, a los que estamos en las negociaciones, fue porque técnicamente se había llegado mucho más lejos de lo que políticamente se acordó. Es cierto que hay hoy en día barreras en la negociación insalvables si las actitudes de los países no cambian sustancialmente, pero no quita que técnicamente se haya avanzado mucho más de lo que parece.

La crisis económica mundial, en especial y en estos momentos de economías como la europea, está acelerando el proceso hacia un nuevo orden mundial. Los países como China, India, Brasil, Sudáfrica, México, etc, que hasta hace poco denominábamos en vías de desarrollo y que luego hemos llamado emergentes, que en su mayor parte gozan de un gran superávit comercial y que empiezan a competir en cualquier nivel con los países más desarrollados, llaman a la puerta de las instituciones internacionales para pedir una representatividad más acorde con sus realidades. Estoy hablando de lo que era el G-8, y que ahora es el G-20, o de la reforma del FMI. Veremos hasta dónde avanza este proceso de cambio y cuáles son los límites al desarrollo de las políticas actuales de cada país, pero evidentemente este nuevo orden económico mundial influirá en las negociaciones internacionales de cambio climático.

Mientras tanto el futuro de la Ley americana de cambio climático es el elemento, que en mi opinión, será más relevante en el corto o medio plazo. Aprobar esta Ley, atascada por la reforma sanitaria, la crisis económica y el desastre ecológico del Golfo de México, entre otros motivos, supondría conocer la capacidad de compromiso del conjunto de los países industrializados, los denominados Anexo 1. Que si bien pueden estar perdiendo cada día posiciones competitivas respecto a los emergentes siguen siendo los que tienen mayor nivel de industrialización, mayores recursos económicos y tecnológicos, mayores emisiones per cápita y mayores emisiones históricas. Considero que en el momento que se apruebe la ley americana el mundo dividirá a los países, en cuanto a las emisiones de gases con efecto invernadero, en tres grupos: los industrializados, los emergentes y el resto. Avanzar en la negociación en este esquema puede ser más viable, podemos entrar en un periodo transitorio con acuerdos vinculantes de los países más industrializados y acuerdos voluntarios de los emergentes, que nos llevará con toda seguridad a un acuerdo futuro que integre a todos los grandes países emisores. Si esto sucediera así uno de los debates a los que asistiremos con toda seguridad será el de una política fiscal proteccionista al dumping climático.

En definitiva en los meses previos a Copenhague se generaron unas expectativas de éxito desproporcionadas a la disposición real de los países a asumir sacrificios. El fracaso de la cumbre nos ha llevado a un desconcierto general en el primer semestre del 2010. Ha finalizado un ciclo que empezó en Bali y hay que iniciar otro. En la medida que aprendamos de los errores cometidos aumentarán nuestras posibilidades de éxito futuro. Un éxito que ni para la tierra ni para la humanidad puede esperar.

Iñaki Gili

 
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