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Captura y almacenamiento de carbono: una prometedora nueva tecnología para combatir el cambio climát PDF Imprimir E-Mail

Los científicos nos advierten que, para evitar que el cambio climático alcance proporciones catastróficas a lo largo de este siglo, es preciso reducir las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y de otros gases de efecto invernadero a la mitad de los niveles que tenían en 1990, como mínimo. Y eso, de aquí a 2050.

El reto es tan ambicioso que para conseguir esa reducción además de adaptar nuestro comportamiento hacia formas de vida más sostenible habrá que utilizar todas las tecnologías disponibles. Además las expectativas es que se duplique la demanda mundial de energía de aquí al 2050. Las energías renovables procedentes de fuentes como el sol o el viento alcanzarán un fuerte protagonismo, ahora bien, los combustibles fósiles –el carbón, el petróleo y el gas natural– seguirán siendo decisivos para la generación de energía durante la primera mitad de este siglo, tanto en Europa como en el resto del mundo. Por ello, a parte de hacer un uso más eficiente de la energía, también hacen falta nuevas tecnologías que rebajen las emisiones de gases invernadero que producen las fuentes de combustibles fósiles.

En este escenario previsto de necesidad de reducción drástica de las emisiones de gases con efecto invernadero y a la vez de incremento tan importante de la demanda energética mundial, una de las tecnologías más prometedoras para recortar las emisiones de CO2 de las grandes plantas que funcionan con combustibles fósiles es la captura y almacenamiento de carbono (CAC, CCS: Carbon Capture and Storage en inglés). El incremento de precios elevados del petróleo y de precios bajos del carbón, en términos comparativos, justifican, todavía más, esta tecnología al observar que las reservas de petróleo se ubican el zonas geográficas muy concretas y que por el contrario las reservas de carbón están mucho más repartidas.

La CAC consiste en recoger el CO2 que se produce al quemar combustibles fósiles, transportarlo a una ubicación adecuada e inyectarlo en el subsuelo para evitar que llegue a la atmósfera. Por ubicaciones adecuadas se entienden formaciones geológicas tales como pozos de petróleo y gas agotados, minas de carbón abandonadas o acuíferos.

La inyección de CO2 en el subsuelo lleva practicándose más de una década en distintos lugares del mundo, sobre todo dentro del sector de petróleo y gas. En Europa, el proyecto Sleipner, que lleva a cabo Statoil en Noruega, ha permitido almacenar 10 millones de toneladas de CO2 bajo el Mar del Norte desde 1996. Otros proyectos a gran escala destacables son el proyecto Salah, desarrollado por BP y Statoil en Argelia, y el proyecto Weyburn en Canadá.

Aunque los componentes individuales de la cadena de la CAC (captura, transporte y almacenamiento del CO2) están bien estudiados y ya resultan operativos, el desafío actual consiste en combinarlos todos en una tecnología totalmente integrada y comercialmente aplicable. El reto es hacer una tecnología más eficiente y que pueda operar bajo unos costes asumibles, a la vez todavía existen algunas incógnitas como la monitorización de emisiones o la seguridad de la permanencia de los gases en sus ubicaciones de almacenamiento que deben ser resueltas. Con estos objetivos todos los países desarrollados están llevando a cabo pruebas piloto referentes a tecnologías CAC. Por ejemplo Europa se ha marcado dos objetivos: tener en funcionamiento doce plantas piloto a escala real para 2015 y disponer de tecnología comercialmente viable en 2020.

Los emplazamientos geológicos de almacenamiento deben gestionarse de forma segura, para evitar que el CO2 inyectado termine escapándose. Para ello es preciso seleccionar los enclaves más adecuados y definir condiciones estrictas de explotación, mantenimiento y control. Esas condiciones ya se han esbozado en una propuesta legislativa, que promueve el uso seguro de la CAC y que la Comisión Europea presentó en enero de 2008.

Teniendo en cuenta el crecimiento actual y futuro en la demanda mundial de energía –sobre todo de combustibles fósiles–, es evidente que la CAC debería implantarse en todo el mundo. El rápido desarrollo de economías emergentes como la china y la india lleva aparejado un incremento formidable en su demanda de energía… y en sus emisiones de CO2. Según las estimaciones más recientes, China construye de media dos grandes centrales térmicas de carbón cada semana, y cada una de ellas produce unas emisiones de CO2 equivalentes a las de 2 millones de coches. Una de las incógnitas sobre la CAC es si será elegible y en su caso en que condiciones para proyectos MDL.

La CAC es una tecnología todavía emergente que se desarrolla en un escenario en el que concurren las siguientes variables: necesidad de reducción de emisiones, incrementos de la demanda energética, precios del petróleo elevados y precios del carbón baratos en términos comparativos. Por ello, aún teniendo incógnitas importantes por resolver, esta tecnología ha pasado de ser un planteamiento teórico soportado bajo pequeñas experiencias piloto hace dos años a empezar a ser una realidad. Habrá que estar muy atento a su evolución ya que de ello dependerán muchas de las decisiones que se tomen en la planificación energética y en la lucha contra el cambio climático.

Elvira Carles

Directora de la Fundación Empresa y Clima

 

 
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