SALA DE PRENSA

La toma de medidas duras en París ofrece un futuro brillante

La cumbre del cambio climático de la ONU en París debería ser un punto de inflexión en la transición a una economía mundial con bajas emisiones de CO2.

Antes de la cumbre, más de 160 países han presentado “contribuciones previstas y determinadas a nivel nacional” que incluyen promesas para limitar o reducir sus emisiones anuales de gases de efecto invernadero en 2025 o 2030.

A nivel colectivo, estas reducciones de las emisiones son sustancialmente mejores de lo habitual. Pero distan de ser una vía que ofrezca una probabilidad razonable de evitar un peligroso aumento de la temperatura media global de más de 2ºC con respecto a su nivel previo a la era industrial.

Así, es probable que el acuerdo de París acabe con el compromiso de los países de redoblar sus esfuerzos en los próximos años, dando cuenta de su progreso cada cinco años.

También debería establecer un objetivo a largo plazo para llegar a las emisiones cero, o la neutralidad climática, durante la segunda mitad del siglo, necesario para mantenernos con un calentamiento por debajo de los 2ºC, teniendo presente dónde nos encontramos hoy.

Las promesas muestran que la mayoría de los países han iniciado la transición hacia un crecimiento y un desarrollo con bajas emisiones.

Este proceso recibirá otro impulso con los acuerdos de los países ricos para proporcionar ayuda financiera y tecnológica a los países pobres para que aceleren sus transiciones. Habrá promesas de empresas y ciudades que también están tomando medidas contra el cambio climático.

La acción debería centrarse en los grandes causantes de las emisiones: las ciudades, los sistemas eléctricos y el uso del terreno. Al hacerlo, veremos que la gestión de los riesgos del cambio climático puede llevar a un crecimiento mucho más atractivo.

Se prevé que la población de las ciudades aumente en unos 3.000 millones de personas de aquí a 2050. Si la calidad del desarrollo urbano es mala, las ciudades estarán más sucias y congestionadas, y serán menos eficientes.

Pero unas ciudades mejor diseñadas y gestionadas, con fuertes inversiones en transporte público y edificios más eficientes, por ejemplo, pueden convertirse en el núcleo de la transición a las bajas emisiones, proporcionando más prosperidad, bienestar y salud, y atrayendo a los mejores talentos.

En el caso de la energía, tendremos que pasar a una electricidad con bajas emisiones lo más deprisa posible, y el transporte terrestre funcionará con electricidad, hidrógeno u otras alternativas limpias.

Para limitar el calentamiento global, más allá de 2050 los combustibles fósiles tendrán que emplearse con tecnologías de captura y almacenamiento de CO2 para evitar que éste llegue a la atmósfera.

Entretanto, una prioridad global es frenar el consumo de carbón, que emite el doble de CO2 que el gas natural para generar electricidad, aparte de contribuir a la contaminación del aire que mata cada año a millones de personas en todo el mundo. Esto puede implicar la sustitución del carbón por el gas natural a corto plazo como “estrategia puente”. Pero el gas natural sólo puede formar parte del mix energético si se usa con sistemas de captura y almacenamiento de CO2.

Con respecto al uso del terreno, no sólo debemos detener la deforestación, sino iniciar una reforestación y rehabilitación de nuestros suelos, eliminando así dióxido de carbono de la atmósfera.

Es un futuro muy emocionante y atractivo, pero requiere una fuerte inversión, que saldrá en su mayoría del sector privado. Los países son más conscientes actualmente de que la acción para reducir las emisiones no es una carga a compartir con reticencia entre los países, sino que ofrece múltiples beneficios económicos.

Se están creando nuevos mercados con el desarrollo de tecnologías limpias y eficientes, como los sistemas fotovoltaicos, los vehículos eléctricos, las baterías y los contadores inteligentes.

El ritmo de cambio puede y tiene que acelerarse después de la cumbre de París. Para ello, será clave que los gobiernos recurran a políticas nacionales claras y eficaces para lograr las “contribuciones previstas y determinadas a nivel nacional”. Tienen que reconocer que sus acciones y el riesgo que causan pueden ser la mayor amenaza para las inversiones, sobre todo las efectuadas en reducir las emisiones. La credibilidad y la coherencia generan confianza, la cual es fundamental para la inversión.

La implicación de bancos multilaterales y de ayuda al desarrollo, si se hace bien, puede reducir los riesgos para los inversores privados y el coste del capital.

Es absurdo que ahora que los costes de financiación gubernamentales están tan bajos, y las oportunidades de inversión son tan grandes, muchos inversores privados se encuentren con que el coste del capital es prohibitivamente alto, restringiendo el acceso a la financiación y creando un prejuicio contra el sector de las bajas emisiones para el cual los costes variables son tan bajos.

Un acuerdo firme en París puede ofrecer la confianza necesaria para liberar el flujo de inversiones en el sector, generando un crecimiento sostenible y prosperidad en todo el mundo.

Fuente: Expansión